“Estamos en Paz” Hermoso poema futbolero para curar la amargura

“Estamos en Paz”

Autor :  Miguel García @laplumadelpoyo

Es la madrugada del lunes. Desde hace varias horas no para de llover. La ciudad está más sucia que de costumbre. Dominada por el infecto espíritu de una derrota que a nadie pertenece, pero que es de todos.

Huérfanos de triunfo, mientras más somos, más solos nos sentimos.

Escribo para expiar mi dolor, y por ello no hablaré del partido. No hace falta.

No hace falta decir que tal vez Miguel Herrera se equivocó, porque yo creo que no lo hizo.

No hace falta alabar más a Ochoa. De él se ha dicho ya lo justo (de justicia y de justeza), y una apología más no disuelve ni un ápice la amargura que causan los dos goles que sí le anotaron.

No hace falta hablar del arbitraje, porque sus errores son un ingrediente fundamental de la belleza de este deporte, que no precisa de justicia ni de perfección para ser hermoso.

Si la vida no es justa, el fútbol no tendría por qué serlo.

Mienten los que ceban su dolor en ese fatal salto de Robben, que el ciego portugués marcó para vengarse de nosotros.

Mienten, también, los que hablan de una justicia primitiva, al recordar que en el primer tiempo Moreno hizo un penal tan grande que se quebró la tibia, y el mismo Robben se quedó con ese rencor que dinamitó su engaño.

Mienten porque este juego cruel no necesita equilibrarse en injusticias, ni tiende a confesarse aficionado a la lírica o a la épica.

El fútbol es un espectáculo hermoso ganado por quien, al momento de la última exhalación del árbitro, ha sido mejor en algo que el otro no.

Y nosotros no lo fuimos.

Ahora, todos los futbolofóbicos saldrán a las redes sociales (nunca a las calles, pues su protesta es rácana y cobarde) a burlarse de nosotros. Como indignada turba intelectual, dirán que siempre tuvieron la razón. Que nuestra angustia y dolor obedecen a una tara mental de la que ellos están vacunados. Que es un justo castigo a nuestra alienación babosa, y ellos nos mirarán desde su púlpito de genios, con la penita ajena que les causamos por nuestra vulgar humanidad.

Incluso, los más buitres, los peores, hablarán de México con una larga de superioridad idiota, pues ellos han sido de apoyar a Francia toda la vida. O a Italia. España. Da igual.

Estarán felices porque no asimilan estar segregados de nuestro duelo. Incógnitos emocionales, los que no han sufrido con México sienten en carne propia el peso de ser eliminados de la pasión de antemano, y por eso, en nuestra caída, encuentran su gloria aletargada.

Basta con ignorarlos. Allá ellos y su petróleo. Allá ellos y sus miserables existencias amputadas de un fervor tan públicamente íntimo como el nuestro.

Allá ellos y su ausencia de nostalgia en esta noche lluviosa, y en los cuatro largos años que todavía nos esperan.

Porque estuvimos tan cerca. Más cerca que contra Bulgaria, porque ahí el semblante de Aspe, Marcelino y los demás, demostraba que estaban cagados y no teníamos una sola oportunidad de vencer en penales a esa horda de búlgaros que nos comieron vivos.

Más cerca que contra Alemania, pues con el 1-0 a favor, el Matador tuvo el 2-0, pero a él sí le tembló la pierna y entonces supimos que los alemanes no perdonan. Y ese doloroso mantra más de uno lo ha sufrido, y nosotros no teníamos por qué ser la excepción.

Estuvimos más cerca que en el 2002 contra Estados Unidos, porque Javier Aguirre pensó que les ganábamos caminando, y caminamos. Y ni uno solo de los mexicanos tenía más sangre que un jovencísimo Landon Donovan, que ahora, gracias a Robben, ya no odiaremos tanto y quizá hasta simpático nos parezca.

Y aunque suene raro, estuvimos más cerca que contra Argentina, en Alemania, pues no tuvimos una sola después del gol de Márquez, y los 100 minutos restantes fueron una larga agonía a la que Maxi asesinó con un disparo que no era de este mundo, porque en términos de tragedias, a México siempre le ocurren castigos que exceden el sufrimiento tolerado en el planeta tierra.

Y el Mundial pasado no estuvimos ni siquiera cerca, porque de nuevo Aguirre negó cualquier indicio de inteligencia con sus decisiones, además de que resultaba francamente improbable que un equipo que contaba en su ataque con el Bofo Bautista ganara maldita la cosa. Y el ridículo nos dio la razón.

Ahora fue distinto.

Todo lo fue. Y los triunfadores de cepa, toda esa legión de exigentísimos mexicanos que dicen con un arrebato de soberbia que perdimos como siempre, están más extraviados que la Atlántida. El mérito y la dignidad de la derrota son un extraño cáliz que muy pocos saben degustar.

Perdimos como nunca antes y perdóname si me pongo dogmático, pero eso vale y vale mucho.

Gallardo en el llanto, firme en su drama, México fue un equipo que volvió a enseñarnos lo que es importante de la vida:

Hay que ser solidarios.

Nunca confiarse.

Hay que disfrutar cada triunfo como si fuera el último, sin importar un carajo el que dirán.

Hay que luchar.

Hay que creer.

Hay que aprender a levantarse de la injusticia figurada como árbitro. Del drama de la casualidad, expresado en dos fracturas en 30 días.

Y sobre todas las cosas, aprendimos de nuevo, por poco más de 20 días, lo extraordinario que es estar unidos.

Ver a la selección convertida en el tótem de Freud… en nuestra multitudinaria Excalibur, es el mayor triunfo que nos ha llegado desde Brasil.

Y eso es lo que nos sacará adelante, de aquí hasta Rusia, si es preciso. Que a pesar de los obnubilados, de los fariseos de siempre, reconocemos que han sido días maravillosos. Que con todo y la lluvia. Y la noche. Y los ridículos tuits de KLM, con todo y que nos quedamos a unos segundos de la tierra prometida, lo disfrutamos como niños.

Y contaremos, a quien aún no lo sepa, que Guillermo Ochoa es un equilibrista de prodigios y tuvimos la fortuna de verlo en su mejor momento.

Y diremos que ese Rafa Márquez fue el Márquez sobre el cual el Barcelona fincó gran parte del sistema que cambió al mundo.

Y veremos una y otra vez los regates de Herrera y pensaremos que, en un buen día, es capaz de dejar sentado incluso al fantasma de Maldini.

Y hablaremos de lo mucho que extrañábamos a Guardado. De lo realmente bueno que es Paul Aguilar.

Y aunque cueste trabajo, nos identificaremos con Layún, limitado en la técnica simplemente porque es un relámpago que ni él mismo se controla.

Sonreiremos al recordar lo bien que estuvo Salcido. Lo mucho que nos dará Reyes.

Otorgaremos una tregua bien ganada al Maza. Seguiremos contando los pases acertados del Gallito. Nos emocionaremos como chicos al evocar ese motor fuera de borda apodado Chicharito. Desde luego, pensaremos que si tuviera unos tres años menos, o si fuera realmente Hermoso, Oribe Peralta estaría allá arriba, comiendo en la misma mesa que Falcao, Cavani, y Zlatan, y no dejándose de ninguno.

Y sobre todo, gritaremos en la memoria el gol de Giovanni con una alegría que nadie podrá arrebatarnos jamás. Ni siquiera Robben. Ni siquiera el futuro. Ni siquiera regresar a la rutina despiadada, en la que volveremos a ignorarnos los unos a los otros.

Porque retornaremos a una normalidad donde seguiremos segregándonos. Ricos con ricos. Pobres con pobres. Fresas con fresas. Jodidos con Jodidos. Cultos con cultos.

Y tal vez olvidaremos que por el espacio de cuatro partidos, como nunca antes que yo recuerde, fuimos parte de algo más intangible, más fugaz, y más poderoso que cada uno de nosotros.

Sin sucias campañas políticas. Sin el absurdo vacío de los publicistas. Sin la estridencia de las televisoras. Sin la fatalidad de los periódicos. Sin la opulencia de los expertos.

Solitos. Nosotros, los de a pie, los que lo amamos, fuimos tan felices. Y si abrazaste a un desconocido por el simple placer de compartir esa emoción desbordada… y si lo miraste a los ojos, y algo viste en él que tanto te recordaba a ti… y si te juntaste con tu familia y jugaron a que era el cumpleaños de todos al mismo tiempo, y sufrieron la derrota pero se confortaron con el alma… y si estabas dispuesto a cumplir todas y cada una de las promesas que has dejado inconclusas en esta vida con tal de llegar al quinto partido… y si ahora mismo tienes un nudo en la garganta al recordar, igual que yo, las lágrimas de ese equipo que sentiste tuyo y nuestro… y si piensas que el árbitro nos robó algo tan valioso que no lo podemos ver, ni mucho menos explicar… y si ahora mismo extrañas la conferencia de prensa, la alineación ya confirmada, y ponerte de acuerdo con quien fuera para ver ese juegazo… y si volviste, aunque sea en tu cabeza, a cantar el himno y hasta ganas tuviste de hacerles una transfusión de tu propia sangre a los jugadores, en caso de que la necesitaran por culpa del calor… y si a pesar de la noche, un rayo de luz rasga la lluvia y distingues el Cielito Lindo…

Y si te sigue doliendo, pero al mismo tiempo ensayas una sonrisa y tal vez la logras… entonces estamos en paz.

El fútbol, por encima de todo, cumplió su cometido. Los jugadores. Herrera. Todos, sin saberlo, cumplieron.

Estamos en paz porque nos dieron, durante 88 minutos, la facultad de soñar.

Que es una virtud eterna.