¿Sabías que Mattel fabricaba cuadros y Colgate velas?

 

 

 

 

 

 

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La historia de muchas de las grandes multinacionales está llena de anécdotas, curiosidades y/o datos turbios que son arrinconados convenientemente por su departamento de marketing en la actualidad para no lastimar el poder de su marca frente a la competencia.

Durante la guerra muchas de estas grandes empresas —sobre todo norteamericanas— que hoy dominan el mercado sobrevivieron fabricando y vendiendo material militar para la única industria potente del momento. Adaptarse o morir. Ley de vida del capitalismo.

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Es el caso de IBM. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial Thomas J. Watson, su director general, puso a disposición del gobierno todas las fábricas de la compañía para la producción de rifles automáticos Browning, carabinas M1 y visores de bombarderos. Hoy esta historia solo merece un párrafo en la web de IBM. Mientras, esas armas y sus piezas son muy cotizadas por los coleccionistas.

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A Nokia, la compañía finlandesa de telefonía móvil, le costó cien años encontrar su hueco en el ramo de las telecomunicaciones. La compañía nació como una empresa de pasta de papel en 1865, más tarde vendería caucho y zapatos, electricidad generada con molinos y hasta tuvo su coqueteo con las armas cuando en los años 60 adquirió la compañía SAKO, un fabricante finlandés de armas de fuego. No es la única multinacional de las telecomunicaciones que se mueve en el mercado militar. SAMSUNG sigue hoy vendiendo tanques… Puedes comprobarlo en su pagina web.

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Esta estrategia de lavado de imagen no siempre funciona (es imposible renegar de sus orígenes). Hay compañías que no pueden desprenderse de un pasado demasiado indigno aunque pidan perdón mil veces. Es el caso de Hugo Boss, la firma de lujo alemana fue fundada por un ferviente nazi para fabricar los uniformes paramilitares del Tercer Reich y que, además, mantuvo esclavizados en su fábrica de Metzingen a 180 prisioneros de guerra.

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Otra multinacional que nació con la flor y el talento de un solo hombre y la suerte —o la desgracia— de una demanda criminal fue Nintendo. Su fundador, Fusajirō Yamauchi, creó una baraja de cartas que se hizo tremendamente popular en su país entre la yakuza o mafia japonesa. Las llamadas cartas “hanafuda”. Tan popular que tuvo que ampliar el mercado para satisfacer la demanda, lo que le permitió crecer hasta encontrar el modelo de negocio que le llevaría al éxito. No fue fácil porque antes de ser una potencia mundial en videojuegos Nintendo fue una compañía de taxis, vendía arroz instantáneo e incluso patentó el “Hotel del Amor”; un sitio para que los japoneses diesen rienda suelta a sus instintos.

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Pero no siempre es así. Otras marcas simplemente son multinacionales —sobre todo asiáticas— que pertenecen a grandes e históricos conglomerados empresariales —los llamados Chaebols— y que han destacado y triunfado con el tiempo con uno de sus artículos. Dejando atrás un pasado de productos menores que hoy nos resulta muy extraño. Yamaha, por ejemplo, es conocida mundialmente por sus motos pero empezó y es también líder mundial en la venta de pianos, armonios y todo tipo de instrumentos musicales —de ahí los tres diapasones de su logotipo—. También fabrica productos tan dispares como semiconductores, muebles o robótica industrial.

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Pero lo normal es que la evolución de estos fabricantes sea orgánica. Mattel, la multinacional de juguetes por ejemplo, comenzó vendiendo marcos de fotos pequeños, tan pequeños que valían para las casas de muñecas. Esta demanda le hizo que también fabricara muebles para estas casitas y que se metiera sin querer en un mercado que ya nunca abandonaría.

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